Anhelando ser Ancianos de Calidad: Educando desde el Amor

Tuve la fortuna de tener un encuentro notable, con un profesor anciano cuyo nombre, por desgracia, no recuerdo. Tampoco recuerdo por qué razón tomé es curso electivo en particular, pero puedo evocar con nitidez el impacto de una de sus intervenciones, que dejó una huella imborrable en mi alma adolescente.

Corría el año 2000 y en la facultad de Bachillerato reinaba un ambiente de competitividad subrepticio, oculto por un fino manto de “buena onda” que, ante ciertos roces, hacía aparecer garras y dientes afilados que rechinaban a nivel relacional. Uno de los vicios que más abundaba - y que yo más detestaba - era la copia. Ese acto tan naturalizado en algunos colegios y universidades pudiera ser un elocuente síntoma de la crisis educativa actual, donde aparentemente “el fin justifica los medios”. Pues si teniendo las mejores notas (en el bacillerato) logro ingresar a la carrera que quiero (Medicina) “¡que se joda el resto!”, “yo copio no más, total todos lo hacen”. La competencia, al decir de Humberto Maturana, se revela con claridad, en este ejemplo en particular, como “la negación del otro”.

Las organizaciones humanas son capaces de generar, o más precisamente, de encarnar un “Ser Grupal” o “Alma colectiva” que, en el caso de instituciones bien posicionadas, prósperas y sólidamente constituidas, es claramente identificable y reconocible por la comunidad. Estas organizaciones logran diferenciarse con nitidez de las otras y, además, son capaces de traducir en oraciones sintéticas, claras y contundentes su misión y visión organizacional. Esto implica que tienen claridad acerca de su propia identidad, qué objetivos se proponen y cómo piensan llevarlos a cabo.

Si pensamos en la institución “Educación en Chile” nos encontraremos con un mosaico multicolor y multipropósito, con escasa cohesión entre sus miembros y sin una idea precisa y/o consensuada acerca del “ser humano en desarrollo” al que se busca educar. El resultado es una organización que impresiona en nuestra subjetividad como nebulosa, débil, “sin norte claro”, desordenada e ineficaz.

Por su parte, los Mayas tenían la capacidad de expresar grandes propósitos de manera poética, clara y contundente. Ellos, como cultura, se proponían, a nivel socio-educativo, el objetivo de “producir ancianos de calidad”. El Dios Sol, “Itzamná”, máxima deidad maya, estaba representado por el “Anciano creador del universo”. ¿Y cómo definían ellos el concepto “Anciano de calidad”? Los Ancianos de calidad eran “aquéllos con los cuales los jóvenes quieren estar”.

¿Qué sería de nuestra cultura occidental si no contáramos con los Ancianos notables que han dejado huella entre nosotros? Yo presencié la intervención de un anciano de aquéllos. Rendíamos nuestra primera evaluación escrita. El profesor entregó la prueba, nos deseó éxito y se marchó de la sala. Gran parte de mis compañeros se abalanzaron unos sobre otros con una avidez sólo comparable al de las masas deseperadas y oportunistas que saqueaban los supermercados tras el terremoto del 2010, robándose mutuamente “información”. Yo también estuve tentado a sumarme a la “turba avarienta” para “saquear” nota siete. Pero me abstuve de copiar, no por un desarrollo moral más elevado que el de mis compañeros, sino a causa de una especie de náusea que, actuando de manera incapacitante, me impidió hacerlo. En ese entonces, yo no lo sabía, aquel impedimento fisiológico tenía directa relación con el repudio al robo que mis ancestros familiares me infundían profundamente “desde la Raíz”, pero no con un desarrollo moral alcanzado por mí de manera autónoma, conciente y libre. Por lo tanto, observaba a mis pares con impotencia. Intempestivamente, el anciano reingresó al aula sorprendiendo a casi todo el mundo copiando de manera “descarada”. Yo me dije aliviado: “por fin llegó el profesor a poner orden! Esta era una estrategia para soprender a estos copiones tramposos!” Creo que incluso temí por recibir yo también, e injustamente, los efectos de su “Ira Docente”. Pero nada de eso ocurrió. El se mantuvo de pie, en silencio, con sus ojos enrojecidos de robusta tristeza sosteniendo por largos - ¡larguísimos! - segundos su mirada en nosotros. De pronto algo se encendió en su interior y su rostro se llenó de determinación, exclamando con firmeza: “¡Yo me niego a desconfiar de ustedes!”. Acto seguido, nuestro Anciano se marchó y todos dejaron de copiar.

Cada uno se sintió removido en lo más profundo de su individualidad y siguió respondiendo su propio certamen, en absoluto silencio. Lección magistral: el anciano no sólo supo oponerse con autoridad tanto a la Manipulación que utiliza de manera intimidatoria el miedo de los alumnos a la reprobación del ramo, como al Escapismo de hacer “la vista gorda” ante un acto reprobable como la copia sino que, y ante todo, supo dirigirse con Decisión y suave firmeza hacia el espacio más fecundo del ser humano: su alma individual. Aquella intervención tuvo un efecto genuinamente pedagógico que, junto a otras intervenciones de la misma naturaleza, favorecieron mi tránsito adolescente desde una moral “regida por otros” hacia una moral “regida por mí mismo”. Porque en el centro del alma individual habita el Yo Humano que, en el transcurso del desarrollo infanto-adolescente, sólo puede ser “despertado y avivado” en contacto afectuoso con otros seres humanos moralmente maduros, autoconcientes, comprometidos y responsables.

En efecto, si no estamos despiertos y espiritualmente activos en nuestra labor médico-pedagógico-terapéutica podemos facilmente precipitarnos hacia una concepción materialista de la infancia -¡tremenda tragedia! - al extremo de llegar a creer “a pies juntillas” en la antigua conceptualización del recién nacido como “tábula rasa”, y que hoy encontramos actualizada como “cerebro en vías de programación”. Entonces guiados por una imagen exánime del ser humano, a imagen y semejanza de la Máquina o, a lo sumo, de un Animal superior, ¡debemos mantenernos alerta ante cualquier signo de “desvío” o de “anormalidad”! Pues, si el infante es sólo un “cerebro en desarrollo” ¿qué podemos esperar de él cuando su órgano rey opera de manera diferente “a lo esperado para su edad”? Y en tales condiciones ¿cómo esperar otra cosa que no sea un rechazo por parte de los colegios altamente “selectivos y exclusivos” a los que “todos quieren entrar”? ¿Cómo no temer el más angustioso porvenir ante una infancia descartada por los “club house” educativos de nuestra sociedad?

Es así que, como terapeutas, podemos “entrenarlos y capacitarlos” compulsivamente de manera que puedan rendir buenos exámenes de admisión escolar. Podemos ser buenos “ingenieros mecánicos del desarrollo infantil”, abocados plenamente a la tarea de “ajustar” las partes desbalanceadas del organismo humano a determinado parámetro estándar. Y todo aquello es comprensible. Pero debemos hacernos responsables acerca de lo que estamos inculcando, al hacer esto, en el alma infantil: Miedo y Angustia. La actitud materialista se sirve de estas emociones para favorecer cambios en el desarrollo tal que la infancia se adapte a determinado contexto o norma. Pero el miedo y la angustia actúan paralizando el movimiento anímico e impidiendo el sano involucramiento y posicionamiento interior a lo largo de los desafíos que impone el crecimiento. Con esto se introducen las bases de la “disociación o separación” entre lo anímico-espiritual y los procesos fisiológico-corpóreos, convirtiendo al Ser Humano en un observador pasivo de su propia vida, favoreciendo en éste la cristalización de una moral heterónoma, “regida por otros”, así como la génesis de variados trastornos psicosomáticos; o bien, pueden sentarse los cimientos para la irrupción de conductas trasgresoras e, incluso, disociales en adolescentes que, externalizando su malestar, buscan escapar de las inflexibilidades de un entorno percibido por ellos como rígido, autoritario y asfixiante.

En el extremo opuesto al materialismo, podemos adoptar una actitud pseudo-espiritual negligente (o Escapista) mediante la invisibilización de evidentes alteraciones en el desarrollo de determinado niño o niña. En este caso los terapeutas y cuidadores podemos “hacer la vista gorda” frente al miedo que nos causa el “etiquetamiento diagnóstico”, muchas veces estigmatizante para los pequeños; o escapar al temor que nos inspira una potencial sobreintervención médica, como se observa con frecuencia en los adultos a cargo de niños diagnosticados como hiperactivos que, minimizando la inquietud motora de su hijo/hija, buscan así protegerlos de la indicación, en algunos casos, agresiva e irreflexiva de psicoestimulantes como el Metilfenidato. Entonces decimos “este niño/niña no tiene nada, sólo es un poco inmaduro neurológicamente hablando... y ya se va a normalizar”. De esta forma los dejamos solos y desprotegidos frente a las exigencias de un entorno percibido por ellos como hiperexigente y hostil, cuando podríamos acompañarlos y apoyarlos adecuadamente mediante un abordaje terapéutico integral.

En resumen, aunque suene un tanto duro expresarlo así, vemos aquí reflejadas dos actitudes polares frente al problema médico-pedagógico que nos plantea la infancia y la adolescencia de Hoy:

La Huida hacia un materialismo extremo (violencia activa) mediante la sobreintervención pedagógico-terapéutica, guiada por un temor a la discapacidad, a la desadaptación y, finalmente, al fracaso social y escolar de los niños y adolescentes.

La Huida hacia una actitud pseudoespiritual negligente (violencia pasiva) (“ya se le va a pasar; el tiempo todo lo cura; su ángel lo está cuidando”) mediante la normalización e invisibilización de determinados trastornos del desarrollo infantil que debieran tener un adecuado acompañamiento terapéutico.

En ambos casos, la Infancia sufre silenciosamente. Y el futuro de nuestra humanidad se ensombrece.

La invitación es a enfrentar con coraje (del latín “cor”, que significa corazón) el miedo que estos problemas nos provocan, renunciando a huir de ellos mediante la violencia tanto activa como pasiva.

El desafío consiste en dirigirnos con decisión y maestría, como “ancianos de calidad”, por la senda “de al medio” que actúa favoreciendo el desarrollo de individuos autónomos, libres, vinculados conscientemente con su alma individual, responsables de su propia evolución, anímicamente activos frente a los desafíos que enfrentamos como Humanidad, y cuidadosos de su corporalidad físico-biológica así como de nuestra madre Tierra y su biósfera. Para eso debemos nosotros, los adultos, desear sinceramente transitar el sendero del corazón – ¡con coraje! - que nos lleva hacia una ancianidad de calidad, educando desde el amor. Esta es una de las grandes tareas de nuestra época que nos convoca a dirigir nuestras voluntades individuales hacia el lugar donde los jóvenes y niños realmente quieren estar.

¿Y cómo hacemos para educar desde el amor?

Sean bienvenidos al III Congreso de Salud y Educación Infantil: Otro Camino es Posible. Educando en Tiempos de Crisis.

 

PEDRO SWINBURN

Relator III Congreso de Salud y Educación Infantil

Charla: “Desarrollo armónico infantil: el encuentro de mente y cuerpo”

Viernes 1 de junio Centro de Extensión Universidad Católica

Desde las 9:00 am hasta 19:00 pm.

Ingresa a http://bit.ly/OtroCaminoInscripción

Programa: http://bit.ly/OtroCaminoPrograma